miércoles, 19 de noviembre de 2008

el retorno del profeta o viva perón carajo


El retorno del profeta

En realidad la gran epopeya había comenzado cuando la Providencia decidió liberar a los argentinos del yugo, la opresión y la esclavitud de la década infame de la mano de un profeta criollo, como tres mil años antes Yahveh había liberado al pueblo de Israel del yugo, la opresión y la esclavitud de Egipto de la mano de Moisés.

Un estudioso coronel del ejército hizo estallar entonces una revolución que dio vuelta la tortilla, redimió la patria y salvó de la humillación a los trabajadores y los desposeídos. El dotó a los humildes de dignidad, de doctrina y de organización. Es decir, los hizo pueblo. Y los consideró lo mejor que tenemos.

Aquel militar de un magnético poder de seducción, aspecto imponente, inteligencia y sentido del humor, de dialéctica fácil y vigorosa, de actitud desprejuiciada, fue tomado por los desclasados como un hombre providencial, como un intermediario con el cielo que les conseguiría comida y bebida hasta saciar hambre y sed. Fue tomado como un profeta que, como Moisés, los guiaría por el desierto hacia la tierra prometida.

Su nombre se hizo entonces bandera y se desató, inconmensurable, todopoderosa, incontenible, jubilosa, imparable, la esperanza popular.

Pronto aquel profeta laico iba a unir su destino al de una mujer de un carisma ini­gualado que se iba a constituir en el nervio de su liderazgo, en la llama ardiente de la revolución y que iba a hacer de cada necesitado “la razón de su vida”.

Flamearon así las ancestrales banderas de la justicia social, la independencia económica y la soberanía política y el profeta gobernó durante nueve años un país que recibió colonizado, sojuzgado, postergado, devastado, sometido, de rodillas, y lo puso de pie y a la cabeza preeminente de América latina, hasta convertirlo en ejemplo luminoso para todos los pueblos del planeta.

Argentina quedó entonces a la vanguardia de la investigación de la fisión nuclear, exportaba heladeras y tornos a los Estados Unidos, fabricaba locomotoras de diseño propio y aviones a reacción cuando sólo un puñado de países lo hacían.

En resumen: en menos de una década se produjo una fenomenal revolución, inmensa, que alumbró el siglo, y que finalmente hizo realidad la felicidad del pueblo y la grandeza de la nación.

Pero la barbarie impiadosa puso literalmente al país al borde de la guerra civil y desterró la imagen de aquella revolución liberadora en la conjura de los odios y mentiras.

Perseguido, difamado, proscrito y peregrino de diez suelos extraños, el providencial profeta siguió sin embargo conduciendo en forma sublime y magistral las inclaudicables luchas de su pueblo fiel.

Desde entonces la ilusión del retorno se escribía con dos letras a los apurones y amanecía en cualquier pared, en cualquier esquina de la patria. Durante años fue pintada, consigna vital, avión negro y utopía. En diciembre del 64 un intento abortó en Río de Janeiro. Y entonces abortó también un método político agotado, el de la plaza gregaria, el del fragote conspirativo, el de la militancia sin un plan.

¡Nada menos que a los 70 años!, el general exiliado decidió empezar de nuevo. Un mes después de la frustración, en enero del 65, en una directiva desde Madrid, menciona por primera vez la consigna “trasvasamiento generacional”. Nace la militancia orgánica, las “orgas” de cuadros, un nuevo método político, el trabajo territorial sistemático, la nacionalización de las capas medias y la peronización de la juventud universitaria, hasta un estado mayor que planifica las operaciones políticas… El viejo y sabio general pudo hablar entonces de una generación de “emergencia y excepción”.

Entre tanto pasan Lonardi, Aramburu, Frondizi, Guido, Illia, Onganía, Levingston, y por fin Lanusse.

Este último era un gorila de la primera hora que había pasado cuatro años con traje a rayas en la cárcel patagónica de Rawson. Era un hombre inteligente y audaz. La agitación social que conmovía al país no podía solucionarse con la proscripción, había que negociar con el general exiliado, devolverle la condición militar y sus salarios, y el cuerpo embalsamado y ultrajado de su compañera.

Durante la cena de camaradería de las fuerzas armadas de 1972 el presidente anuncia que habrá elecciones y que su gobierno no proscribirá a nadie, pero a los pocos días hablando en el colegio militar asegura que al viejo exiliado no le da el cuero para volver.

Surge así una pulseada fascinante. Lanusse propone el GAN (gran acuerdo nacional), con la idea que ambos renunciaran a sus aspiraciones presidenciales. El exiliado le respondió con ironía: “que Lanusse renuncie a la presidencia, es lo mismo que yo renuncie al trono de Inglaterra”. El presidente tenía que conjurar las críticas de su propio frente interno y afirmaba con pedantería: “nosotros no llevamos la espada de adorno”. El exiliado le respondía: “tiene razón el general Lanusse, no es la espada lo que tienen de adorno, es la cabeza”… Finalmente, descontrolado, durante el homenaje del día del maestro en San Juan, Lanusse comete el furcio de mencionar a Juan Domingo Sarmiento.

Por fin es noviembre y el exiliado viaja a Roma, donde es recibido por funcionarios del Vaticano y también por el primer ministro Giulio Andreotti. Se organiza una misa de acción de gracias en la mismísima basílica de San Pedro que es concelebrada por los curas Vernazza y Mugica. El día 16 se publica en solicitada en el diario Crónica de Buenos Aires un mensaje del exiliado: “Pocos podrán imaginar la profunda emoción que embarga a mi alma. Mi misión es de paz y no de guerra. Vuelvo al país después de dieciocho años de exilio, producto de un revanchismo que no ha hecho sino perjudicar gravemente a la nación. No seamos nosotros colaboradores de tan fatídica inspiración. El pueblo puede perdonar porque en él es innata la grandeza. La vida es lucha y renunciar a ésta es renunciar a la vida; pero desde que todos somos argentinos, tratemos de arreglar nuestros pleitos en familia porque si no serán los de afuera los beneficiarios”.

En la noche del 16, un DC-8, el Giuseppe Verdi de la compañía Alitalia, parte en vuelo charter con ciento cincuenta y cuatro pasajeros de comitiva para hacer la ruta Fiumicino - Ezeiza, con escala en Dakar.

La lluvia se precipitaba con una intensidad desusada sobre Buenos Aires ese viernes 17 de noviembre de 1972 en que al mismo tiempo la CGT declaró paro general y el gobierno feriado nacional. Una multitud, difícil de dimensionar, pugnaba por llegar al aeropuerto. Los tanques del ejército lo impedían. El gobierno adoptó todo tipo de medidas y desplazó gran cantidad de fuerzas militares bajo el pretexto de garantizar la seguridad física del exiliado. A pesar de ello, se hace imposible contener a los miles y miles de militantes que consiguen cruzar el río Matanza, bajo la lluvia copiosa.

A las 11.20 de la mañana del 17, quince horas después de la partida, finalmente, por un momento, mientras todos sosteníamos el aliento conmovidos, tenso el ánimo, suspendidas en el aire nuestras almas, envueltos los espíritus en la fe, punzado el ser por la emoción, el mítico avión de Alitalia carreteó sobre una de las pistas de Ezeiza. Los peronistas que llegábamos -empapados, estremecidos- al río Matanza no íbamos solos: nos acompañaba la historia, los ausentes, la Providencia.

La lluvia se precipitaba con una intensidad desusada. Sin embargo, el cielo plomizo podía ocultar el sol, pero no la luminosa alegría popular. Soplaban aires de victoria y la lluvia se confundía con infinidad de lágrimas emocionadas. La foto de Rucci, el secretario de la CGT, con el paraguas protegiendo al líder, formará parte para siempre de la galería de imágenes paradigmáticas del peronismo. Luego vendrían la reclusión en el hotel internacional, las ametralladoras montadas para impedir la salida, el traslado de madrugada a la casa de la calle Gaspar Campos de Olivos, el desfile incesante.

Sí. El milagro se había consumado.

Se concretó así el sueño añorado por millones cuando después de dieciocho años de exilio el profeta regresó, verdadera leyenda viva, desencarnado, victorioso y en paz a la patria, recibido como los judíos al rey David redivivo, en la plenitud de la primavera del 72, y pronto al poder por varios meses más.

Eran los días de un optimismo inexpugnable: la historia parecía abrazar el futuro.

El 17 de noviembre se terminará de tejer la trama de una larga historia de banderas, luchas y héroes con un destino irrevocable: la existencia de una nación. Se terminó de resolver así la advertencia pendiente que había anticipado poco antes la lira poética de Leopoldo Marechal: “La patria es un dolor que aún no tiene bautismo”.

La realización del milagro, el cumplimiento del mito, la consumación de la ilusión, iban a completar ese día el alumbramiento de la nación argentina. Porque el milagro y el mito cumplido confirman la fe. Y la fe confirmada proporciona un temple al alma colectiva con el que nada puede compararse. La Argentina fue entonces una unidad de destino. Ese día recibió su bautismo como nación.

Por eso los que vivimos aquel maravilloso día de bautismo, treinta y seis años después, lo llevamos, vivo, vibrante, siempre presente en el corazón.

Es que quien ha visto la esperanza no la olvida: la busca. Siempre. Bajo todos los cielos y en toda la gente.

Sin embargo sería otro día, el 20 de junio del 73, el que sellaría el paradigma del futuro nacional, a modo de una fotografía del desenvolvimiento de la historia durante los tiempos siguientes. Más de tres millones de personas queríamos participar de la fiesta del retorno definitivo ese día, pero la fiesta no pudo ser, porque dos bandas se tiroteaban por la posesión de un palco en el que el profeta no pudo estar. Las contiendas internas del peronismo, dirimidas en forma feroz, se exteriorizarían trágicamente ese día aciago. Paradójicamente, en un día luminoso, como contrapartida de la lluvia del 17 de noviembre, la fiesta concluyó en la masacre de Ezeiza: un anuncio de los tenebrosos días que vendrían.

Cumplida cabalmente su misión en la tierra, el 1º de julio de 1974 el águila emprendió su vuelo. Y ascendió al lugar donde los hombres no sufren las pequeñeces de los hombres. El profeta murió como Moisés, con la tierra prometida a la vista pero sin poder pisarla, viejo, en la cama, sin las botas puestas, pero derrotando como glorioso general providencial el ancestral estigma del destino hasta entonces inexorable que había condenado a expirar en el destierro ingrato a Artigas, a San Martín, a Rosas, a tantos otros profetas laicos criollos.

Desde entonces y por mucho tiempo, igual que aquel 20 de junio, un pueblo en retirada, atónito y acongojado, sólo pudo observar con el corazón en la boca cómo dos bandas se tiroteaban por el control del escenario político de la patria, en ausencia del profeta.

A pocos meses de haber tocado el cielo con las manos, pronto sabríamos lo que es morder el polvo hasta la asfixia.

El odio y la infamia lo persiguieron al mismo profeta, incluso mucho después de entonces, hasta profanar su morada en la ciudad de los muertos, como antes se había profanado vilmente a su compañera.

Sin embargo, todavía hoy, tantos años después, la magia de su signo alienta a quienes levantan su bandera, y estremece a quienes siguen conmovidos el eco de su historia.

Se llamaba Juan Domingo Perón…

Y en la lucha que el profeta emprendiera por la justicia y la dignidad de su pueblo, por siglos se seguirán ganando batallas al conjuro de su nombre.

gentilileza Agenda de Reflexión

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