La cadena de valor textil experimentó en el primer cuatrimestre del año una parálisis sin precedentes, operando a apenas un 36,6% de su capacidad instalada. Este dato implica que, en términos prácticos, seis de cada diez máquinas en los establecimientos productivos del país permanecen apagadas, configurando el nivel de actividad más bajo de la historia para este período, exceptuando únicamente los meses de la estricta cuarentena por la pandemia de 2020.
La brutal parálisis de las fábricas textiles, cuya producción registró un desplome interanual del 23% en abril —cifra que se profundiza al 31% si se contrasta con los niveles de 2023—, ya dinamitó la estructura empresarial del sector. Desde diciembre de 2023, la cadena productiva sufrió la desaparición de 874 establecimientos fabriles, lo que representa una violenta caída del 14% en la cantidad de empresas operativas. Esta sangría de persianas bajas empujó al rubro textil y de la confección a liderar la caída del empleo asalariado registrado privado en todo el territorio nacional, desplazando incluso a la construcción en los índices de precarización laboral.
El informe expone que el sector textil redujo su plantilla de trabajadores en un 20% en comparación con los registros de fines de 2023, lo que se traduce en la pérdida concreta de 24.097 puestos de trabajo directos. El drama social forma parte de un proceso de desindustrialización general que ya le costó más de 76.000 empleos directos al conjunto de la industria manufacturera local. Para sobrevivir en un escenario de asfixia por costos fijos elevados y pulverización del consumo interno, las empresas textiles se vieron forzadas a rematar sus stocks con una rentabilidad marcadamente negativa, lo que ubicó a la indumentaria con una suba interanual del 12%, muy por debajo del 33,2% de la inflación general.









