El último domingo, en su columna “Kirchnerismo para todos”, Fernández Diaz citó las “significativas” palabras del escritor Martín Caparrós (“si yo pudiera ser kirchnerista lo sería”) para luego agregar que “hay muchos argentinos cabales de buena leche que están muy doloridos, como agnósticos voluntariosos que hacen todo lo posible (y fracasan) por entender y abrazar la fe, mientras allá afuera amigos, ex compañeros y vecinos experimentan, algunos extasiados, las misas nacionales y populares y los aleluyas. Anhelar creer y no poder hacerlo, por lucidez o por principios o por desconfianzas, es siempre una gran angustia solitaria cuando el colectivo decide entregarse apasionadamente a una religión”.
Una semana antes, el periodista ya había anticipado esos sentimientos encontrados que le produce el gobierno en su columna “El peligro de caer en un nacionalismo infantil”. Allí, Fernández Diaz señaló que “es importante para mí confesar, a estas alturas del partido, que el kirchnerismo me resulta un movimiento fascinante, oscuro y luminoso, excepcional en sus cualidades de política real y nefasto en sus prácticas facciosas y divisionistas. Semana tras semana intento escribir de otra cosa y no lo consigo: el kirchnerismo me interpela, me sorprende, me ofende, me repugna y me provoca admiración. Me tiene, como una gran película, al borde de la silla, comiéndome las uñas”. (observación de DsD).
Es la misma sensación y contradicción que sentían y sufrían y negaban del peronismo durante 60 años. Tienen razón aquellos que dicen que el kirchnerismo es el peronismo de hoy.












